El vicepresidente rechazó la ratificación de la resolución 125 y el país fue una fiesta.
Los únicos que hasta ahora parecen no haberse dado cuenta de este júbilo son la presidente, su marido, el gabinete nacional, los diputados y senadores kirchneristas, los piqueteros oficialistas, Hebe de Bonafini, los obsecuentes de siempre como Jorge Capitanich y José Alperovich, los líderes de la CGT y algunos pocos revoltosos que fueron enviados desde Buenos Aires a escrachar la vivienda de Julio Cobos en Mendoza.
Si hasta algunos legisladores oficialistas, como Rossi o Pampuro, no están de acuerdo en llamar traidor al vicepresidente.
¿Y Scioli? “Con el hambre no se jode”, pronunció hace unos días. Ahora pide la autocrítica de la presidente. Este sí que es un veleta.
¿Dónde están, entonces, los millones de personas que apoyan las retenciones confiscatorias que intentaba imponer la dupla presidencial? ¿Son los “humildes” que el último fin de semana empapelaron Buenos Aires con afiches pidiendo por Cristina? Llama la atención que sean “los más humildes” los que gastan en imprimir semejante cantidad de cartelería.
Convengamos en que si se hubiera aprobado la 125, no sólo habrían habido cacerolazos en todo el país sino también miles de personas se habrían manifestado a lo largo y a lo ancho de la nación. No ocurrió a la inversa.
¿Dónde están los que asistieron durante los últimos cuatro meses a los actos de Néstor y de Cristina Kirchner en Plaza de Mayo, Plaza Congreso, Parque Norte, Salta, San Juan y el estadio de Almagro, entre otros? Tal vez, en esta oportunidad no les pagaron.
Es decir, durante 4 meses, el capricho y la soberbia de unos pocos encabezados por Néstor Kirchner detuvo un país, sembró odio y lo volvió más inseguro frente a los ojos internacionales. Muy lamentable.
La historia juzgará a Cobos, pero también a los Kirchner.
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