El megaimpuesto que viene

Por Jorge Acuña

Nuevamente tomaremos un ejemplo internacional. Usted puede pensar que eso nunca llegará a pasar en su país, pero seguramente sucederá, las conexiones entre los diversos organismos ambientalistas y los políticos verdes son fuertes. De esta manera, contaremos la historia del nuevo episodio que se ha vivido en Estados Unidos respecto al calentamiento global. Ese país necesitaba una ley sobre el desarrollo energético doméstico durante el mes de junio, pero lo que salió en reemplazo fue una ley sobre seguridad climática que prácticamente sacrifica las vidas en orden a rendir tributo a la diosa de los ambientalistas, Gaia.

Como dijo Ben Lieberman del Heritage Foundation, el calentamiento global puede ser una preocupación, pero no una crisis. Ya hemos hablado de notables científicos que a partir de la observación actual y no gracias a modelos computacionales, han dicho que el calentamiento se detuvo en 1998 y permanecerá estable por lo menos durante la próxima década, incluso si las emisiones de gases suben.

El calentamiento global ha probado ser un fenómeno natural y cíclico determinado por fuerzas naturales como las corrientes oceánicas y la actividad solar. Esta ley de seguridad global creada por el Congreso de Estados Unidos ignora estos eventos planetarios, imponiendo costos draconianos en los bolsillos de los ciudadanos americanos y en la economía para obtener sólo ganancias marginales y temporales.

Lieberman estima que esta ley, patrocinada por el senador John Warner, republicano de Virginia y por el senador Joe Lieberman, demócrata de Conneticutt, le costaría al sector manufacturero norteamericano más de un millón de trabajos en 2022 y dos millones en 2027.

Las pérdidas en el producto interno bruto llegarían a 4.8 trillones de dólares para 2030. Todo eso, dice, reduciría la temperatura de la Tierra en uno o dos décimas de un grado Celsius, demasiado poco para poder medirlo.

La ley apunta a centrales eléctricas, refinerías, fábricas y transporte y simplemente ignora el hecho que desde 2007 hasta 2030 la población de Estados Unidos crecerá un 22% y el número de nuevas viviendas en un 25%. Los norteamericanos, por ende, necesitarán más energía, no menos.

Un estudio del Centro de Estudios Charles River pone los costos anuales por familia de la ley Warner-Lieberman entre 800 y 1300 dólares para 2015, elevándose entre 1500 a 2500 dólares para 2050. Los precios de la electricidad saltarían entre un 36% a 65% para 2015 y entre un 8% a un 125% para 2050.

Heritage Foundation reconoce además que la ley elevará los precios de la gasolina en 1.10 dólares por galón para 2030. Ante esa expectativa el senador Lieberman sonriente respondió: “La gente estará fascinada de tener incrementos en el precio de los combustibles de dos centavos al año.”

Pero subirán mucho más que eso.

De acuerdo al Heritage, debido a la ley Warner-Lieberman, a partir de 2012 y hasta 2030 cada familia norteamericana pagará en promedio 8870 dólares extra al año para comprar energía, aparte de altos precios de la gasolina resultantes del bloqueo que la izquierda norteamericana ha impuesto a la explotación de nuevos recursos petroleros en Alaska, la plataforma continental exterior de las costas americanas y en las bituminosas de Rocky Mountain.

La ley apunta a cortar las emisiones de gases de invernadero en un 35% a un 40% bajo los niveles de 2005. Empleará un sistema en que las emisiones serán limitadas dentro de un estándar anual, y en que los manufactureros y los productores de energía intercambiarán bonos de carbono como niños pequeños. Desde que la Unión Europea adoptó este sistema de bonos de carbono hace tres años, sus emisiones han subido varios puntos porcentuales.

Quizás lo que Estados Unidos y otros países necesitan es legislación que trate sobre la innovación en las plantas nucleares, el desarrollo de nuevas tecnologías que hagan barata y eficiente las energías alternativas y hagan más baratas y eficientes las actuales, como el petróleo. Si en su país, se empieza a discutir esto, no diga que no le advertimos.

Una respuesta

  1. Por la letra, no debería el estadio llevar su nombre o una calle. Es una ofensa.

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