OPINION: ES CHEYRE UN CHARLATAN ?


Con ocasión de la exposición del director del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad Católica de Chile, se me viene a la mente el texto de Max Weber sobre el Político y el Científico. Se me dirá que esta conocida obra del sociólogo alemán nada tiene que ver con un señor que ha sido militar toda su vida y que presumiblemente no es ni ha sido nunca político, y que, por otra parte, ahora sería un académico y no precisamente un científico. Mi respuesta es que Emilio Cheyre ha sido definido como político, nada menos que por una fuente del Ejército, y que cuando Weber hablaba de los científicos, se refería en general a aquellos profesionales que son capaces de formular hipótesis y emitir juicios de valor bien fundados sobre procesos estrictamente racionales y lógicos.

Cuando me pregunto sobre la esencia de un ente académico, me refiero a un universitario que ha dedicado su vida a enseñar y engrandecer nuestro conocimiento. El académico es un profesional que es capaz de crear un pensamiento simbólico y construir modelos de cómo piensa él que son las cosas. En síntesis, nos proporciona una imagen siempre renovada del mundo. Cuando digo que el académico dedica su vida a estas tareas, quiero recordar que el concepto de dedicar (dedicatio) es una noción religiosa. Nace de ahí una devoción por inculcar saberes y valores y por generar nuevos conocimientos que se va consolidando con el paso del tiempo y la experiencia, pero que se origina en un acto de “llamado” (calling), de vocación, que es otro concepto religioso. Se nos ha “llamado” para ejercer una tarea. Esto no tiene nada de extraño, por otra parte, si recordamos que la Universidad es una creación de la Iglesia.
Así como hay una grandeza y servidumbre militar –como alguna vez expresó Alfred de Vigny-, también existe una grandeza y servidumbre académica. El universitario sabe, por vocación que su función en esta vida es enormemente importante y que para cumplirla a cabalidad debe poseer el coraje suficiente como para llevarla a cabo sin detenerse a pensar si sus reflexiones son políticamente correctas. Por otra parte, se debe a la sociedad que hace posible su labor, pero sin claudicar en lo que considera correcto, justo y verdadero. En consecuencia, es casi imposible que un político o un militar se conviertan de la noche a la mañana en universitarios. Son vocaciones enteramente diferentes, que pueden llegar a ser opuestas. Me parece a mí que la visita, por otra parte positiva, del ex Comandante en Jefe del Ejército y actual Director de un Centro interdisciplinario en una universidad de reconocido prestigio, comprueba lo que aquí afirmo.
A medida que la exposición del señor Cheyre transcurre, van quedando de manifiesto ciertas inquietudes de orden intelectual y ético. Se nos recuerdan cifras y estadísticas y hay intentos por establecer un orden en los asuntos internacionales, pero lo que se olvida es que la disciplina de las relaciones internacionales, creada por exiliados europeos en las universidades norteamericanas en los años inmediatamente posteriores a la segunda guerra mundial, es un conjunto sistematizado de conocimientos, derivados de la realidad mundial, destinados a sugerir políticas y a ayudar en la toma de decisiones de los Gobiernos. Relaciones Internacionales es una ciencia social; por tanto, es una disciplina aplicada, que intenta explicar una realidad compleja y proporcionar argumentos sólidos para la toma de decisiones. En las escuelas de Gobierno de las universidades de la “Ivy League”, Morgenthau, Knorr, Deutsch y Moynihan elaboraron hipótesis que luego serían utlizadas por Kissinger, MacNamara y Brzezinski en Washington para transformarlas en una política estratégica que tuvieron como resultado, entre otros logros, las decisiones en torno a la crisis de los misiles de 1962, la “Guerra de las Galaxias” y la caída de los socialismos reales en 1992.
De inmediato, se me viene a la memoria la época en que Occidente aprendió a establecer juicios de valor sobre la realidad internacional y a abandonar el relativismo y la cobardía moral que caracterizaron la política europea en la Era del Apaciguamiento, y se atrevió a diferenciar a los buenos de los malos. A propósito, eso fue lo que hicimos en el Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile entre 1974 y 1985, cuando, liderados por un universitario de la talla de Francisco Orrego, contribuímos a la solidez externa del Estado, en una situación en que los problemas con nuestros vecinos amenazaban traspasar umbrales peligrosos y nuestro país estaba sitiado por el resto del mundo, al igual que Israel y como había sucedido con la España del general Franco.
Nuestra civilización occidental debe entenderse como un proceso acumulativo e integrador que aúna la tradición cristiana, la indisolubilidad de la ética y la política (aunque el cinismo imperante lo niegue), la defensa de los derechos humanos, el combate contra la pobreza y el espíritu creativo e innovador. A pesar de los augurios sobre su ocaso, sigue siendo el motor que mueve a las naciones, que propicia la tolerancia, la globalización y la justicia. Sin embargo, hay que admitir que nuestra civilización está afrontando una dura prueba, porque hay enemigos externos, que incluso se han infiltrado entre nosotros, y porque existen fuerzas internas persuasivas y tremendamente desintegradoras, que debilitan nuestras fortalezas históricas y nuestras convicciones. En síntesis, estas fuerzas nos están restando nuestra capacidad de saber quienes son los buenos y quienes son los malos. ¿Ha tenido ocasión de leer El Mundo, The Washington Post, Le Mond Diplomatique o The New York Times? ¿Ha escuchado a serios intelectuales liberales noreamericanos hablar de las “siniestras conspiraciones” del Gobierno republicano para hacer explotar las torres gemelas y desatar así “injustas y desproporcionadas” persecusiones contra “supuestos” terroristas islámicos, que sólo han reaccionado (según Chomsky, Michael Moore y otros) contra la “codicia y agresividad occidental”? . Lo que es hasta divertido es escuchar las sesudas “opiniones” de nuestros liberales nativos: hablar de lo estúpido que es George W. Bush y de la inepcia de la política exterior inglesa y norteamericana se ha convertido en todo un símbolo gratuito de inteligencia, credibilidad y profundos conocimientos; es el password apropiado para ingresar en una selecta elite de sesudos intelectuales.
También es cuestión de ver y escuchar nuestros noticiarios de TV o las crónicas de ciertos aprendices de Woodward y Berstein en nuestros propios medios de comunicación. Ya hemos olvidado que entre 1933 y 1939, la prensa europea no sólo defendió, sino que glorificó a Hitler. Como corolario, abundó en acusaciones contra los judíos, contra Winston Churchill y, por supuesto, contra Franco. Había que ver lo bueno tras el racismo y señalar las cosas malas que hacían, decían o escribían los judíos, la Iglesia católica y los intelectuales de derecha. Fue lo políticamente correcto, pero el costo fueron los 50 millones de seres que perdieron la vida durante la segunda guerra mundial.
¿Qué significa hablar de un terrorismo islámico-fascista? A mi entender, significa que dentro del Islam, una religión monoteísta como la nuestra, existen grupos fascistas cuyo único y confesado propósito es la eliminación de los que ellos definen como sus adversarios. Estos son los “infieles”, somos todos nosotros. Significa entender que Hezbollá está no sólo contra la existencia del Estado de Israel, sino en contra de la sobre-vivencia de Occidente. También quiere decir que tienen el poder de envenenar la mente de tantos jóvenes musulmanes europeos y norteamericanos, que encontraron en Inglaterra, Francia y Estados Unidos las oportunidades que no tuvieron en sus naciones de origen, para transformarlos en mártires (asesinos en serie).
Emilio Cheyre experimenta graves y al parecer insalvables dificultades cuando se le pide que explicite su rechazo a Hugo Chávez. Al fin, no sabemos qué quiere decir ni que quiere que haga el Gobierno. La cosa es que Chávez se ha unido a Bielorrusia, Corea del Norte e Irán, enemigos jurados de la democracia y de Occidente, está comprando conciencias en Chile, prometió bañarse en un mar boliviano y ahora le ofrece a Evo Morales armas de su creciente arsenal, pero nuestra Cancillería está sumida en un mar de dudas, en que las ideologías parecen tener más fuerza que el bien común de los chilenos.
Estos son hechos objetivos, que debieran fundamentar, primero, estudios serios y concluyentes por parte de nuestros centros universitarios y “think tanks”, y que como resultado generaran proposiciones y argumentos de peso, que nuestro Gobierno pueda convertir en una política internacional fundamentada en el respeto mutuo y la defensa de los legítimos intereses nacionales. Las vacilaciones, el relativismo moral, la hipocresía y el apego a lo políticamente correcto nos atenacean e invalidan. Representan una tendencia de nuestra cultura que nos maniata y nos impide defender nuestros más preciados valores y creencias.
En sus casi 200 años de vida republicana, Chile ha trazado una larga curva sinusoidal en la que se alternan períodos de nacionalismo acendrado y americanismo populista. Los períodos en que hemos puesto a nuestro país por sobre toda otra consideración y en que hemos preferido ser respetados antes que queridos han sido, indefectiblemente, épocas de bonanza económica, social y cultural. Se nos ha considerado un país rector en la región. En cuanto a los otros, sólo hay que recordar la guerra con España de 1865, las relaciones con la Argentina de Perón, los paupérrimos intentos de Frei Montalva para cambiar autonomía económica por una integración regional a la CEPAL, y estamos experimentando los primeros resultados de alianzas estratégico-ideológicas con los populismos sudamericanos. Me esforcé por entender lo que el señor Cheyre pudiera decirnos acerca del futuro de nuestras relaciones con el vecindario. Confieso que no lo logré.

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1 Reporteros del Washington Post que provocaron la caída del gobierno de Richard Nixon en 1974. Para un juicio objetivo sobre este episodio, véase Paul Johnson, Tiempos Modernos.

7 comentarios sobre “OPINION: ES CHEYRE UN CHARLATAN ?

  1. Uhhhhhhh!!!!…. hasta yo no entiendo mucho la actitud de Cheyre, cre que para ser militar lefalta más coraje.
    Amigo, estaba super preocupada por tu blog, te envié un mail y cóno no sabía nada de ti me preocupé….y al final….qué te había pasado???…. y que bueno que lo hayas podido arreglar.
    Un gran abrazo y cuidate.

  2. Muy bueno don Augusto.
    Es fácil entender la actitud del ex comandante. Después de todo, él elogió la nacionalizaciones a las empresas petroleras externas realizadas por Evo Morales,en una entrevista. Lo demás cae de cajón.

  3. Una vez leí lo siguiente:

    “Si un militar dice sí,
    quiere decir sí;
    si dice no, quiere decir no;
    y si dice quizás,
    no es un militar”

  4. Ahhhh….qué raro!!!….al igual que Alicia, tampoco recibí tu mail….ya…anyway… lo importante es que estás de vuelta.
    Saludines.

  5. Existen militares de alma, corazón, tradición, gallardía, valentía, LEALES, y hay aquellos que solo se ponen un uniforme, sin que este lleno de estos valores, y el verdadero significado que es ser un MILITAR

    Buen post, cariños

  6. Hay militares y gente que de militares solo el uniforme.
    Cheyre fue un entreguista, servil y tonto util del zurderio carroñero, hasta que dejó de serles útil.

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